Un continente desgarrado se encuentra a sí mismo

Markus meckel

Un continente desgarrado se encuentra a sí mismo

El recuerdo de la Primera Guerra fue opacado 
en Alemania durante mucho tiempo por el 
de la Segunda Guerra Mundial. Ahora, a 100 años de su comienzo, una serie de eventos y 
debates lo trae de vuelta al orden del día. Llama la atención que esas discusiones se centren sobre todo en el estallido de la Primera Guerra Mundial. El libro “Los sonámbulos: cómo Europa fue a la guerra en 1914”, un muy leído y discutido libro del historiador australiano Christopher Clark, profesor en Gran Bretaña, es un buen ejemplo de ello.

La limitación a la crisis de julio de 1914 y el comienzo de la guerra el 1 de agosto es ya un hecho curioso. La atención llama también, sin embargo, que no se tematice mucho que la Primera Guerra Mundial no solo se libró en Europa en el frente occidental, sino también –y en parte en forma muy diferente– en un frente oriental. Hasta ahora poco se ha debatido acerca de qué consecuencias tuvo esa 
“catástrofe primigenia” para todo el siglo XX, una era de extremos y violencia. En realidad, de laP rimera Guerra Mundialparten largas líneas que atraviesa todo el último siglo y llegan hasta hoy. Sin esa guerra no se hubiera producido la “Revolución de Octubre” en Rusia en 1917 tal como se produjo. Y sin la guerra y sus consecuencias luego del Tratado de Versalles, Hitler seguramente no hubiera tenido el apoyo que posibilitó el terror nacionalsocialista y la Segunda Guerra Mundial.

Mucho se puede aprender hoy de la Primera Guerra Mundial. En toda la Europa de preguerra existía una sociedad civil que abogaba por la paz, pero demasiado débil, por lo que no incidió políticamente en los momentos decisivos ni logró participar en el debate 
público nacional. Los políticos fracasaron, quienes decidieron fueron los militares.

Con la participación de los Estados Unidos de América en la guerra, a partir de 1917, pasa al orden del día en Europa la cuestión de la democracia. En 1920 es fundada la Sociedad de Naciones: el derecho internacional es institucionalizado, aunque todavía en forma muy débil. Luego de la Primera Guerra Mundial, los estadounidenses abandonan, sin embargo, Europa. Ese error no lo volverán a cometer después de la Segunda Guerra Mundial. La relación entre Europa y los Estados Unidos será una cuestión vital para el Viejo Continente durante toda la era de posguerra. Con la fundación, en 1945, de las Naciones Unidas, se tiene más éxito después de la Segunda Guerra Mundial, pero su conformación institucional continúa siendo un desafío hasta hoy.

Tomando como ejemplo la Primera Guerra Mundial puede aprenderse también cómo no debe cerrarse una paz. Eso es válido en primer lugar para la paz separada de Brest-Litovsk, en el este, firmada en febrero de 1918 entre la Unión Soviética y las potenciales centrales, es decir, Alemania, el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano, y luego también para el Tratado de Versalles, que siguió el mismo modelo. El Tratado de Versalles, con su tesis de que Alemania había sido la única culpable de la guerra, fue sentido por los alemanes como una humillación, generando así las bases para que la política de Hitler fuera aceptada por vastos círculos de la población. El Tratado de Trianon es un trauma que genera intranquilidad y agitación hasta hoy en Hungría.

La Segunda Guerra Mundial, que comenzó hace 75 años poco después de haberse firmado el Pacto Hitler-Stalin, es para nuestros vecinos de Europa Oriental una experiencia que los marca hasta hoy. Luego de la invasión 
de Polonia por parte de Alemania, el 1 de septiembre 
de 1939, las tropas soviéticas entraron también en Polonia por el este, el 17 de septiembre, atacaron Finlandia y ocuparon en 1940 los Estados del Báltico, de los cuales deportaron a gran parte de la población.

Esa parte de la historia, hasta hoy poco conocida en Occidente, no relativiza para nada los crímenes cometidos por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial en toda Europa, particularmente en Europa Oriental. Deja claro, sin embargo, que Alemania y Europa Occidental deben abrir su propia cultura del recuerdo y la memoria a las experiencias de Europa Oriental. Es de gran importancia para toda Europa dialogar con los países del Este, tomar conocimiento de sus experiencias y traumas e incluirlos en un discurso paneuropeo. Justamente los actuales sucesos en Ucrania traen allí recuerdos y llevan a reacciones relacionadas con esa historia, que deben ser tomadas en serio por 
todos nosotros.

En 1945, Alemania y toda Europa fueron liberadas 
de los nacionalsocialistas por los Aliados. Si bien para 
la mayoría de los alemanes fue entonces una tragedia, en Alemania se reconoce hoy que debemos agradecerles por ello a los entonces enemigos, también a los Estados sucesores de 
la Unión Soviética, que fueron los que pagaron el 
mayor tributo de sangre. Simultáneamente no debe olvidarse que esa liberación no trajo a Europa Oriental libertad y democracia, como sí la trajo a Europa Occidental, sino una dictadura comunista, que duró hasta 1989. En las celebraciones con ocasión de los 70 años de la liberación, en 2015, será de enorme importancia no olvidar justamente esa dimensión.

En la cultura europea del recuerdo, el año 1989 es tenido hasta hoy poco en consideración, a pesar de que para gran parte del continente posee una importancia similar a la del año 1945 para Europa Occidental. En cuanto al recuerdo, Europa sigue dividida. Justamente para los alemanes, que han vivido ambas experiencias, debería ser un desafío unir esas diferentes tradiciones y abogar por un recuerdo también a nivel europeo.

En noviembre de 2014 se cumple el 25 aniversario de la caída del Muro. El recuerdo de cómo se celebraron otros aniversarios de ese suceso me motiva a insistir en que en todas las celebraciones con ese motivo, nuestros vecinos y socios en la revolución de 1989 en Europa Central –Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia– deben estar en primera fila. El Muro cayó durante la Revolución Pacifica por el embate de las masas, pero es parte de un proceso de transformaciones pacíficas mucho mayor. La caida del Muro de Berlin el 9 de noviembre de 1989 simboliza la victoria de esa revolución en Europa Central. Los antiguos aliados y todos los demás vecinos europeos son naturalmente también bienvenidos, pero Europa Central, como protagonista central de esa revolución, debe ser sin duda la primera invitada. Lamentablemente, en el pasado ello no fue siempre tenido en cuenta. La victoria de la libertad abrió la puerta a la unidad alemana, una unidad que debió 
ser negociada luego con las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

El papel de los antiguos aliados en este proceso deberá recordarse particularmente en el 25 aniversario de 
la unidad de Alemania, el 
3 de octubre de 2015. Solo la firma del Tratado de Dos más Cuatro allanó la senda para la unidad estatal de Alemania. Las potencias vencedoras fueron las que aceptaron la soberanía de la Alemania unida. No obstante, en 2015 Alemania 
no debería olvidar como hasta ahora que de lado de los aliados en la Segunda Guerra Mundial lucharon en muchos frentes también polacos, que ayudaron a liberarnos. En la Conferencia de Potsdam, en la que poco después del fin de la guerra, en 1945, fue regulado el reordenamiento político y geográfico de Alemania, se reunieron solo representantes de la URSS, Estados Unidos y Gran Bretaña. Los Aliados Occidentales incluyeron también a Francia, que habían participado en la lucha bajo el comando de 
Charles de Gaulle. En Europa Oriental, ello fue impedido 
por Stalin en el caso de Polonia. Hoy, 70 años más tarde, no deberíamos seguir olvidando el aporte de los polacos a nuestra liberación, sino honrarlo invitándolos en 2015 a todos los actos con los antiguos aliados.

La cultura alemana del recuerdo y la memoria está hasta hoy muy dividida y es poco integradora. Algunos piensan solo en el nacionalsocialismo o el Holocausto. Otros recuerdan las expulsiones de alemanes de territorios del Este, sin pensar a menudo en cuáles fueron sus causas. La dictadura comunista es vista demasiado a menudo solo como una historia regional del este de Alemania y no como una parte de la historia alemana y europea de posguerra que afectó a todos. La Guerra Fría no es vista lo suficiente en sus dimensiones internacionales. En Alemania se recuerdan cada vez menos las dos guerras mundiales. Sus profundas consecuencias quedan a menudo en el debate público detrás de la experiencia de las dictaduras y los horrores del Holocausto. Que muchos aniversarios tan importantes para el siglo XX caigan en este y el próximo año debe ser para nosotros un desafío para analizar los diversos sucesos históricos más en su interrelación. Esa es también una tarea para la Comisión para la Conservación de Tumbas 
Militares Alemanas, que en cooperación con otras instituciones debería realizar un mayor aporte para que las interdependencias entre las diversas dimensiones del siglo XX ocupen un mayor lugar en la conciencia 
pública y social.

Justamente en vista de las actuales discusiones políticas sobre Europa es importante dejar claro una y otra vez que la Unión Europea es la institucionalización de las lecciones derivadas de los horrores de las guerras en la primera mitad del siglo XX. Hace 100 años, las guerras estaban consideradas un medio normal para imponer los intereses nacionales. Hoy sabemos que 
la paz no puede basarse en el derecho del más fuerte, sino sobre la fortaleza del derecho y el equilibrio pacífico de intereses. Además, que la paz se consolida con fuertes instituciones internacionales.

La Primera Guerra Mundial nos muestra hacia dónde justamente no debemos ir. En ese sentido, mucho se puede aprender de ella. Es bueno que ese aprendizaje no tenga lugar solo en las discusiones nacionales en 
cada uno de los países, sino también a nivel europeo. Por eso me alegra que el Parlamento Europea haya debatido esta primavera sobre la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias y que el Bundestag Alemân planee para el 3 de julio de 2014 una sesión de recuerdo de la Primera Guerra Mundial, a la que se ha invitado a Alfred Grosser como orador. Así comienza un discurso urgentemente necesario. Al final de la Primera Guerra Mundial colapsaron grandes imperios y surgieron o 
resurgieron nuevos Estados nacionales. Es importante desarrollar antes de 2018 un debate europeo de recuerdo de la Primera Guerra Mundial que impida un retorno al pensamiento en categorías nacionales.

MARKUS MECKEL

es una de las más importantes personalidades de la Revolución Pacifica de 1989. Luego de las primeras elecciones libres en la RDA, en la primavera de 1990, fue 
ministro de RR. EE., y, con Hans-Dietrich Genscher, uno de los dos representantes de los Estados alemanes en las Conver­saciones Dos más Cuatro con las potencias victoriosas de la II Guerra Mundial. Meckel, socialdemócrata, fue de 1990 a 2009 miembro del Bundestag alemâny es hoy, entre otras funciones, presidente de la Comisión para la Conservación de Tumbas Militares Alemanas.

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